Nocturno
La calle se encontraba sola, la oscuridad la abrazaba: quería bailar con ella. Entonces se atisbaron las luces del coche al final de la cuesta. Y luego divisé la silueta de un Ford antiguo. El automóvil descendió muy lentamente por el pavés. Desde mi ventana yo seguía rogando que no aparecieras. Pero nunca he confiado mucho en ese dios tan cobarde. El auto se detuvo ante la casa de Erich. Se dejó de oir el ruido del motor, se murieron las luces. Y yo conté cuatro minutos largos antes de que tú, con tu última chica, llegaras por la acera invadiéndola de risas. Y entonces sonaron las ráfagas de las ametralladoras. La calle volvió a restar silenciosa, comida por la oscuridad. Pero ésta ya no deseaba bailar con ella. Yo, echada sobre la cama, me preguntaba el por qué de tanto odio en mi seno.




